Lange Schritte / Pasos largos

Alan Pauls und Max Czollek. Foto: Timo Berger

Der Nordring der S-Bahn ist unterbrochen, es herrscht Ersatzverkehr und ein gefühlter Grad an Chaos. Unbeindruckt davon sind Max Czollek und Alan Pauls: Die beiden Schriftsteller waren zu Fuß aufgebrochen, um den Friedrichshain zu erkunden. Vom vereinbarten Treffpunkt, dem U-Bahnhof Warschauer Straße, zogen sie los über die gleichnamige Brücke mit Blick auf das Anschutz-Arreal in Richtung Samariter Straße. Czollek wollte seinen ehemaligen Kiez zeigen, das angrenzende neue Viertel, was auf dem Gelände des ehemaligen Zentralvieh- und Schlachthofs errichtet wurde. Hochgewachsen und leichtfüßig erreichten beide rasch die Landsberger Allee mit dem Etappenziel Volkspark Friedrichshain, ein Ort, der für Czollek mit vielen Erinnerungen verbunden ist. Sie betraten den Park von seiner schmucklosen Flanke an der Danziger Straße, fielen ihm quasi in den Rücken. Ein zum Café umfunktionierter Container lud zur Rast ein. Den Espresso ohne Zucker, sagt Pauls, er schätze die Berliner Parks. Sie folgten englischen Vorbildern. Inmitten der unaufdringlichen Szenerie des Volksparks kam das Gespräch bald auf Filme (Pauls ist in einer Schauspielerfamilie groß geworden, arbeitete als Filmkritiker, stand aber auch selbst schon vor der Kamera), auf die Rolle des Produzenten, der auch in Zeiten von Netflix notwendig erscheint, als Kitt, der die unterschiedliche Akteure miteinander vereint. Gute Filme bringen immer wieder große Bilder hervor – gelingt dies auch der zeitgenössischen Literatur? Und: Bildet sie nur ab, was ist, oder gelingt es ihr, das Kommende zu antiziperen, gar Entwicklungen zu präfigurieren? Bei all dem schwingt die Geschichte, auch die persönliche mit. Czollek zeigte auf einen Parkteil: Dort sei er oft gewesen, mit den Freunden. Vor der Besteigung des Bunkerbergs, das Vermächtnis einer missglückten Sprengung und höchste Erhebung des Quartiers, wird am großen Teich noch eine Mandarin-Ente gesichtet. Eine exotische Spezie, in den Kriegswirren aus dem Zoologischen Garten ausgebüchst, und hier ein willkommener Kontrapunkt.   

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El tramo norte del Ring está cortado: en la zona reinan el transporte sustituto y una sensación de caos que no parece inquietar demasiado a Max Czollek y Alan Pauls. Ambos escritores llegaron a pie a Friedrichshain con el objetivo de comenzar su exploración por el barrio. Desde el punto de encuentro –la estación de metro Warschauer Straße– partieron hacia el puente homónimo, con vista al distrito de artes y entretenimiento Anschutz, en dirección a la Samariter Straße. Czollek quería mostrar su vieja zona de influencia y el nuevo barrio lindero a esta, erigido en la superficie de lo que alguna vez fue el matadero central de Berlín. Espigados los dos, y de andar ligero, llegaron rápido a Landsberger Allee y a una de sus paradas intermedias, el Volkspark Friedrichshain, un lugar colmado de recuerdos para Czollek. En un acto casi traicionero ingresaron por la zona más austera del parque, el de la Danziger Straße. El container convertido en cafecito invitó a un descanso. El espresso sin azúcar, dijo Pauls, y también dijo que valora los parques berlineses, inspirados muchas veces en los ingleses. Contenidos por el escenario amable del Volkspark (“el parque el pueblo”) la conversación derivó hacia el cine –Pauls se crió en una familia de actores, trabajó como crítico de películas y también se paró frente a la cámaras en alguna ocasión– y hacia el rol de los productores, que también en tiempos de Netflix son una masilla fundamental para unir los distintos rubros de un equipo fílmico. Las películas nos regalan grandes imágenes una y otra vez – ¿puede decirse lo mismo de la literatura? ¿Y vale decir que refleja lo que ya existe o que más bien ayuda a anticipar lo nuevo, a prefigurar los desarrollos venideros? En todas estas discusiones apareció la historia, también la personal. Czollek señaló una parte del parque, más allá: ahí solía parar con los amigos. Antes de la subida del Bunkerberg –la montaña artificial que sobrevino a la implosión de un búnker construido durante la Segunda Guerra Mundial, legado de una voladura y la mayor elevación de la zona– podía verse un pato mandarín que nadaba por el lago. Una especie exótica, que los tiempos turbulentos de la guerra escapó del Jardín Zoológico y hoy se ofrece como un bienvenido y maravilloso contrapunto.

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